sábado, 14 de mayo de 2011

LAS ÓPERAS DE MOZART

Wolfgang Amadeus Mozart (1756/1791), ha sido el único compositor, entre los grandes maestros de la historia de la música, que cultivó todos los géneros con igual interés, enriqueciéndolos con obras excepcionales.

Comenzó a componer a una edad precoz, incluso para un niño prodigio. El nivel medio de su producción, no decayó al llegar a la pubertad. Al contrario, desarrolló ampliamente las alas de su genio.

La dualidad de su naturaleza, la describe muy bien Schlichtegroll, en su necrología: “… este hombre siempre distraído, siempre bromeando, en el momento en que se sentaba al piano, parecía un ser enteramente diferente, un ser superior”

Por esa razón, fue muy poco comprendido en su época e incluso su mujer, Constanza, tan solo conocía su lado divertido. Tuvieron que pasar muchos años después de su muerte, para que ella misma se diera cuenta de con quién se había casado.

Tres son las etapas en que suele dividirse su vida artística. La primera (infancia y niño prodigio), llega hasta los diecisiete años. La segunda (adolescencia y juventud), termina en los veinticinco. Y finalmente, la madurez, que abarcó el periodo de los últimos diez años de vida.

Para inventariar la obra de Mozart, suele utilizarse el catálogo de Ludwig von Köchel, creado en 1862. Este índice arroja un total de seiscientos veintiséis opus ú obras. De ellas, una buena parte son óperas, realizadas algunas en la pubertad.

Hoy en día, todas las óperas mozartianas,  han cobrado vida en muchos teatros y grabaciones de Audio y Vídeo. Incluso las menos vitales de sus primeros años y las que apenas pasan de ser unas serenatas cortesanas.

Sin embargo tan solo citaremos aquí, las correspondientes a su tercer periodo, el de madurez. Hacen un total de siete, cuyos títulos son:

·        (A) “Idomeneo rey de Creta (1781)”
·        (B) “El rapto en el serrallo (1782)”
·        (A) “Las bodas de Fígaro (1786)”
·        (A) “Don Giovanni (1787)”
·        (A) “Così fan tutte (1790)
·        (B) “La flauta mágica (1791)”
·        (A) “La clemencia de Tito (1791)”

Dos de ellas, las marcadas con (B), utilizan el idioma alemán y tienen una forma especial de ópera, denominada “singspiel”, que se caracteriza por existir partes habladas (las menos), combinadas con las cantadas. Mozart influyó en las generaciones posteriores (Beethoven, Weber y Wagner, entre otros), para crear el género lírico nacional alemán.

Todas las óperas marcadas con (A), usan el idioma italiano. Era el lenguaje imperante para la ópera en la corte de Viena, dominada por músicos de la península itálica, como Antonio Salieri. De este mismo grupo, destacan “Las bodas de Fígaro”, “Don Giovanni” y “Così fan tutte”. Se las conoce como “trilogía Da Ponte”, por basarse en excelentes libretos de este escritor italiano de vida agitada. La colaboración de Da Ponte con Mozart, dio como resultado, tres óperas bufas de altísimo nivel.

Por último, nos quedan “Idomeneo” y “La clemencia de Tito”. Ambas son óperas serias, más tradicionales, a las que, no obstante, el genio vienes les imprimió carácter con su excelente música. La segunda es un encargo motivado por una coronación real, con libreto del célebre Metastasio.

Y ahora viene lo difícil, pues voy a intentar una aproximación a las características que tiene Mozart como compositor de óperas. He tratado de resumirlas así:

1.                    Trabajó la ópera seria y la bufa
2.                    Humanizó a los personajes
3.                    Son más humanos en los conflictos
4.                    Siguió separando el recitativo del aria
5.                    Recitativos simples y sencillos
6.                    Aumentó la acción dramática
7.                    Logró fluidez permanente en acción
8.                    Lo mejor: Conjuntos y fines de actos
9.                    Se adaptó fácil al singspiel
10.               Sin desequilibrio en texto y música
11.               Buscó la expresión con la música
12.               Dio mucha importancia a la orquesta

La primera virtud que la crítica resalta en él, es su habilidad para otorgar vida y personalidad a los personajes. No se limitó a ilustrar y ordenar musicalmente,  los textos proporcionados por los libretistas. Dio hueso y carne a sus criaturas, insuflándoles también un alma. Con ello consiguió hacerlos creíbles.

Pensemos en doña Ana y doña Elvira (“Don Giovanni”), la Condesa (“Las bodas de Fígaro”) y Pamina y Tamino (“La flauta mágica”). El músico se muestra más inspirado cuando los personajes luchan  dialécticamente. Entonces, la vitalidad y personalidad de sus hombres y mujeres de ficción, crece, se hace más definida y, si cabe, más verdadera.

Mozart fijó una rotunda separación entre recitativo y aria. Pero el recitativo mozartiano, es más simple y sencillo, más ligero y fluido, que los de su tiempo. Desarrolló, además, su recitativo, para que fuera un mínimo soporte que condujera, con agilidad, los momentos sin acción del discurso dramático. De este modo, quedó potenciado aquello que sucede de verdad, ganando en importancia el papel que juegan las arias, en los solos, y los concertantes, en los conjuntos.

Otra virtud de sus óperas es la permanente fluidez de la acción. No hay pérdidas de ritmo. Todo progresa continuamente. Mozart conocía el lenguaje adecuado para cada momento. Poseía el sexto sentido de visualizar, olfatear, en definitiva, intuir, las situaciones dramáticas. Siempre pensaba en el lenguaje justo para dar vida a una potencial idea poética. No tuvo, tampoco, ninguna dificultad en adaptarse a la forma del singspiel que le permitió mayor libertad por tener estructuras más abiertas.

Pero donde brilló el genio operístico de Mozart es en los conjuntos y especialmente, en los finales de acto. La imparable inspiración del compositor, dotó de continuidad y fluidez, a estos concertantes, siempre en perpetuo ascenso. Cada final de acto, se compone de varios fragmentos. Pero están ensamblados de tal manera, que constituyen un todo inseparable.

Mozart, en una de sus cartas, manifestaba: “En una ópera, la poesía debe ser, a todos los efectos, la hija obediente de la música”. Esta opinión tan tajante, es contraria a la de Gluck y Wagner. Es verdad que en sus óperas, casi siempre, la música está por encima del texto. Pero, al menos en las más importantes, no hay desequilibrios entre estos dos factores. Lo que le falta a los textos, le sobra a la música. Así, consiguió un mensaje poético-musical trascendente.

Mozart buscó la expresión total a través de la música. En sus obras de madurez, la música no sirvió rígidamente al texto, sino que lo reguló, lo encadenó, haciéndolo sugerente y vivo. Como escribió Lang: “Gluck crea una noble ópera seria, en la que la vida es proyectada en un único plano. Mozart nos ofrece la vida en toda su integridad, con todos sus contrastes y conflictos”

Finalmente, resaltar la importancia de la orquesta en las óperas mozartianas. No se limitó sólo a acompañar el canto con acordes o armonías insuficientes. La agrupación orquestal también fue definidora de sentimientos. Formó parte activa de la representación, junto con el canto y el texto.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Buenas noches:
Respecto a las siete operas muy bien descriptas en este bloque, deseo comentar que todas tienen un buen final, excepto Don Giovanni.
Muy interesante y enriquecedor el articulo.
Atte:
Hector

Anónimo dijo...

Muy claro todo lo que dice. muchas gracias
Juan Manuel